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LA FOTO QUE NO ERA
LA
EROSIÓN DE LA CREDIBILIDAD
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POR PEDRO MEDELLÍN TORRES
Hay ciertas distancias
que los medios deberían preservar. Los
medios de comunicación están viviendo
un momento crucial en Colombia. La irrupción
de nuevas formas de movilización social,
como las marchas ciudadanas o la activa participación
en los medios electrónicos, ponen en
evidencia un activismo propio de una sociedad
más despierta y de un ciudadano que quiere
estar cada vez más y mejor informado.
Pero los medios de comunicación no parecen
estar a la altura de las exigencias. Cuando
los ciudadanos demandan la información
más completa y fiel posible, encuentran
informes parciales, cuando no contradictorios.
Si no es silenciado, un mismo hecho es presentado
de modos muy distintos, creando confusión
y desconcierto.
Esta vez, una foto en la que, supuestamente,
un ministro ecuatoriano se reúne con
un dirigente guerrillero captó la atención
de los colombianos y la comunidad internacional.
Se mostró como prueba de cuán
estrecha y firme es la amistad del gobierno
ecuatoriano con las Farc. Y, lo más grave,
se escogió el peor de los escenarios:
la cumbre de cancilleres que ese día
debía formalizar el fin de la crisis
fronteriza de Colombia con Ecuador.
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Vladdo
en revista Semana
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No pasó mucho tiempo cuando la
versión tuvo que ser rectificada. El personaje
en cuestión no era el ministro ecuatoriano
sino un dirigente comunista argentino. Pero nadie
tuvo tiempo de reaccionar. La delegación de
Colombia en la OEA, que había puesto todas
sus bazas en reclamar la solidaridad de sus vecinos
en la lucha contra las Farc, quedó ante el
peor de los ridículos, tratando de atajar una
condena mayor: la erosión de su credibilidad.
El daño estaba hecho. La fotografía
se había vuelto contra el país que la
había presentado, contra la institución
que la había entregado, contra el medio que
la reprodujo y contra todos aquellos que la utilizaron
para demostrarle al Gobierno su 'solidaridad' embistiendo
a la cabeza del 'enemigo'.
Contra el país, porque al mismo tiempo que
le permitió al ministro ecuatoriano argumentar
que se trataba de una campaña de desprestigio,
la fotografía dejó sin piso cualquier
posibilidad de que los cancilleres aceptaran la propuesta
colombiana de reconvenir a los países que apoyaban
a las Farc.
Contra la Policía, porque nadie entendía
cómo se había 'filtrado' una prueba
que, al caerse, afectaba la veracidad y calidad de
la información que Colombia estaba presentando
al mundo como proveniente de los computadores incautados
a los jefes guerrilleros. Y menos se comprendía
que personal de inteligencia de esa institución
hubiera cometido semejante error.
Contra los medios, porque puso en evidencia que en
Colombia la información prolifera, pero sin
que sea confiable. Para unos fue la oportunidad de
decir que, una vez más, había triunfado
la especulación sobre la información.
Para otros, fue la prueba de cuán inconveniente
resulta la pertenencia de los medios a grupos que
controlan el poder económico y que están
en connivencia con el poder político.
El hecho sirvió para mostrar la otra cara de
la moneda. La erosión de la credibilidad no
sólo afecta a los medios de comunicación
que utilizan la información con un determinado
propósito o se dejan utilizar por otros. También
se lleva consigo la institucionalidad política
que los sostiene y las entidades que los protegen.
Sin referencia a medios con credibilidad, la confianza
queda reducida al escepticismo. Y en una sociedad
que comienza a movilizarse, el escepticismo siempre
exigirá la demolición de una jerarquía
que ya no se reconoce.
Queda un asunto por resolver. El Tiempo pudo publicar
de buena fe una información que, de mala fe,
le entregó una autoridad pública. Pues
quien suministró la foto sabía lo que
entregaba y el resultado que tendría. La cumbre
de cancilleres pudo volar en mil pedazos, con las
peores consecuencias para el país y la región.
Y, sin embargo, la foto fue entregada para que el
periódico la publicara. La Policía debería
entender que, para salir del problema, un comunicado
no basta.
El Tiempo, Bogotá, 25 de marzo de 2008.
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